Epígrafe


Pues de vastos días de helado sol y ardiente luna

De aquellos valles de amor y lágrimas tomaron esta mi pluma

Y si a los sueños dolieron mis ojos la triste fisura

Las letras esta noche serán quienes me abriguen de la locura

1. Si eres líder ten cuidado en ofrecerte en carne y vida. Pues cuando te apartes de los tuyos ellos no sabrán olvidarte, sino que aborrecerán tu nombre ante el mundo.



2. La fuerza que poseemos en la vida descansa en los buenos valores a los que somos leales.



3. En el momento no atesores el éxito por sí mismo, sino las oportunidades que en ese breve tiempo se presentarán para no volver a ti.




4. El espejo nítido ofrece demasiados detalles para quien en él se ve. Es por ello el peligro de la soledad.




5. La felicidad no es tan solo el mero disfrute de la vida y sus placeres, pues su naturaleza es aún más profunda. La frenética búsqueda de la dicha con el objetivo de suplir el dolor no nos llevará ciertamente a ella, sino a la liviandad de la desidia. Pues la naturaleza de la felicidad es la paz del equilibrio entre la persona y el mundo, y este equilibrio conlleva a ofrecerse a quienes nos quieren y a nuestros semejantes que son la comunidad en la que estamos.
Para quienes intenten encaminarse ciegamente en el camino de la felicidad sin atener a su realidad, les quepará la frivolidad de los cerdos hedonistas.

6. El alcohol es un fino arte que suple pasajeros vacíos. Si es dominado llevará a pequeños deleites. Si es liberado conducirá al dolor y perdiciones de diversa índole. Si es ignorado, aún mejor.





7. La imagen es la razón de los ojos, y éstos no poseen discernimiento propio. La cordura es la razón de la mente que percibe al mundo, no por sí misma, sino precisando de los ojos. Así tal vez en la locura, no en la razón, se halle la llave para observar el mundo mas allá de los sentidos.

8. El crecimiento de la persona es ligeramente comparado con cierto camino de superación. Lo cierto es que los maestros que enseñan esto se basan en que el "yo" debe postergar todo aquello que perjudique a la persona, y el centro del universo pasa a ser un sediento ego. La conquista individual se realiza así a cualquier precio y la paz arrancada por ello es la voluntaria ignorancia sin atener a observar nada que no convenga al placer del "yo".
He aquí la maldad de la postmodernidad.

9. Si del dolor huyes evitando el tiempo, cuando pretendas aprovecharlo éste te evitará a ti.









FRAGMENTO DE UNA VIEJA CARTA


... " Nado sobre un mar amarillo y burbujeante. De a ratos he de tratar de olvidar y ahogar en este líquido lágrimas sedientas de dolor.

No comprendo tu risa, nunca he descifrado tus ojos. Hubiera dejado mi vida solo para entenderte, mas no puedo. Quizás eres compleja, o mas sencilla de lo que creemos tu y yo. Quizás una vez erigiste un muro alrededor. Cuando la vida se te presentó de manera amarga y marcó el camino de la ausencia. Entonces, tal vez, fuiste alzando, ladrillo por ladrillo, una ciudad entera en la cual te sumiste. He deambulado por tus calles de rosas sin encontrarte, sin saber donde hallarte." ...

... "Te ruego que soples tus besos sobre mí una vez, a la distancia. Y digas mi nombre a las estrellas alguna noche. Yo prestaré mis oídos al cielo para escucharte." ...


MIS MEMORIIAS SUTILES

Será un momento cuando las estrellas de tus noches,
ya no sean azules.

Así las cartas de cielo que labras cuidadosamente,
en tu piel se quiebren.

Entonces despertarás dentro el lánguido sabor,
de silencios que sienten.

Y de mis reflejos contemplarás el áspero interior,
de pensamientos hirientes.

El naciente jardín de todas las almas que aspiran,
las soledades florecientes.

Será dentro de un instante carente de tiempo,
el espacio de este amor inasible.

Porque eres tú quien alimentas y das vida con tu hermosura,
a mis sutiles memorias la dulzura.

DESEO

Deseo

Describirte dentro de la triste melancolía de esta mañana
Hallar en mis letras la exactitud
El saber expresar la cifra armoniosa que esconde tu real nombre


No diluirme de tus años
Tal como en el tiempo desaparecen las estrellas
Ante el nacer del día dentro de un sol resplandeciente

Dar aliento a viejos deseos
Aquellos que juntos compartimos
Evitar que languidezcan en la
inevitable luz que nace

Deseo

No terminar siendo el único quien en el tiempo aún aguarde

Mis manos
Conservan la viva esperanza de tu piel
Conocer de tus labios el sabor
De un abrazo
De un aliento

Deseo

No fenecer
Ocultarme en las entrañas del mundo

Y si en este momento hallara la palabra exacta para decirte
Decifrando el húmedo color de tus almendradas pupilas

Tal vez...




Mis memorias sutiles

Será una momento donde las estrellas de tus noches
No sean ya azules

Así las cartas de cielo que cuidadosamente labras
En tu piel se quiebren

Despertarás entonces dentro del lánguido sabor
De silencios que sienten

Y de mis reflejos contemplarás en áspero interior
Los pensamientos hirientes

Creciente jardín de todas aquellas almas que aspiran
Las soledades florecientes

Será dentro de un instante carente de tiempo
El espacio de este amor inasible

Porque eres tú quien alimentas y das vida con tu hermosura
A mis sutiles memorias la dulzura

El río de ciervos y pumas (cuento)



Sé que los sueños habitan, cohabitan con retazos de una realidad que nos fue propia y a la vez ajena (pues nada de lo que es en este mundo es enteramente nuestro, al menos en estado consciente). Sé que ellos, los sueños, reviven espacios del tiempo de una manera difusa. Pongo el ejemplo de un pintor surrealista, que derrama sobre el lienzo resquicios de ideas, pensamientos para así formar un todo complejo. ¿Pero que es ese todo? ¿Alguien puede decir qué es lo que realmente plasmó Salvador Dalí en “La memoria del tiempo”? Muchas veces he contemplado ese cuadro, y aún más veces lo he interpretado de maneras distintas. Y, más allá de la pedantería intelectual de la mayoría de los críticos de arte (cuya ciencia se define con la misma palabra seguida de “ego”) me he preguntado si ése cuadro quiere ser interpretado.
No hay daño más severo a la razón que buscar la explicación a las cosas. Pues nada es más intrincado y tortuoso que el camino mismo hacia la razón. Muy feliz he sido cuando me he quedado a un costado, mientras veía cómo otros avanzaban abnegados hacia una meta distante, convencido que la mayoría jamás alcanzaría ni la mitad del trayecto. Inclusive tuve la firme convicción que ninguno de ellos llegaría jamás hacia donde deseaban.
En este sentido seguro que, de los que me están leyendo en este momento, ya habrá más de uno que me acusará de cínico. Pero no es así. Yo no creo en el desapego a la vida y las manifestaciones de ella; sino que la amo, de una manera profunda, por lo que me dedico a contemplarla. Quizás, y digo quizás porque aún no estoy cerciorado de ello, lo que estuve haciendo es buscar un atajo. Un camino alternativo que me conduzca no tanto a la meta que multitudes ansiosas persiguen, sino también a encontrar una suerte de sendero alternativo. Alguna esquiva y perdida huella que se adentre por escabrosos terrenos en donde, a cada descanso de mi andar, me permita recoger los símbolos que necesito para interpretar, por ejemplo, un cuadro de Dalí.

Una ciudad destruida, mejor dicho, derruida por un tiempo que la fue sepultando bajo soles, lunas y viento. Aquí nace el sueño que quiero narrar.
La maleza crecía entre las paredes sin techo, y vagas calles empedradas se confundían con el moho y la tierra. Quienes habían habitado este lugar ya no estaban; y la naturaleza pura e inentendible regresaba nuevamente a sus dominios, devorando lentamente todo aquello que los hombres alguna vez habían alzado con sus manos. Por toda la extensión de esta tierra el agua de a poco lo reclamaba todo. En ese lugar, donde la soledad de un atardecer diáfano hacía vibrar aún más los mil sonidos del mundo, me encontraba yo. Desnudo, sobre una piedra que se erguía en espigada orilla hacia lo profundo de un río. Estaba de cuclillas, no observando el cielo sino avizorando el espectáculo de los seres vivientes que se conducían en el profundo lecho de las aguas.
Me recordó esto un viejo episodio de mi vida, una misma y hermosa tarde cuando nadé en un arroyo profundo y perdido en lo más recóndito de la selva misionera. Un día de mariposas y de sentir que pequeños peces mordían mis piernas mientras trataba de llegar hacia una piedra. También rememoré un lugar de mi niñez. La ladera de una pequeña sierra donde, de una lado se extendía un campo de pasturas altas, y del otro una fila de altos árboles todo dividido por una profunda zanja por la cual corría el mismo agua que estaba viendo en ese momento. Como todo sueño, se entrelazaban memorias mezcladas con sentires de una vida.
La punta de mis dedos llegaba a tocar la superficie del líquido, estaba frío. De alguna manera esperaba el momento de abalanzarme hacia delante y seguir la dirección hacia donde iban todos aquellos extraños peces. En Mato Grosso do Sul vi (en un museo valga aclarar) espantosos peces disecados. Con formas propias de esos seres prehistóricos de escamas voluminosas y fauces abisales. Recuerdo sus cuerpos enormes y sus aletas puntiagudas, y todas esas criaturas aún podía encontrarse en los ríos pantanosos de esas tierras. De la misma manera veía esos peces ir e ir hacia una sola dirección. Viajaban zigzagueantes en la misma dirección del río. Denoto también que tenían los labios gruesos y enormes bigotes como tentáculos que arrastraban. De alguna manera empezaba a sentirme un pez y, de un momento a otro, me abalanzaría con ellos para seguir ese rumbo incierto, pero con un final cierto: El infinito mar.
Pero de pronto pensé ¿Qué era la ciudad que estaba a mis espaldas? ¿Por qué el río había nacido allí y ahora estaba yo pobre y desnudo a punto de desaparecer entre monstruos? Sueños dentro de otros sueños. Ya había estado en esa ciudad. Era la misma que había construido con los años mezclando todos los lugares donde había vivido y conocido. Cada edificio, puerta y esquina me traían un recuerdo de otro sueño, sueños y pesadillas viejas. ¿Este sueño hablaba, quizás, de mi muerte?
Nada más tentador que dejar las consecuencias de la vida a aquello que llaman “destino”. Nada más fácil que convertirme en un ser de escamas voluminosas y fauces abisales.

Entonces me di cuenta que estaba equivocado. El río era aún más profundo de lo que pensaba. A lo lejos, apenas nítidos, unos cuerpos atravesaban la corriente de una orilla a otra, aún debajo de los peces que somnolientos nadaban hacia la nada. Ellos, estos nuevos seres, no estaban preparados para vivir bajo el agua, como yo. Precisaban del aire para vivir, como yo. Sólo se aventuraban en lo más profundo para ir desde una lugar a otro, de una orilla a la otra. Distinguí sus cuerpos rígidos y sus cuatro patas que se movían enérgicamente en esos abismos de agua fresca y verdosa. Comprendí entonces que si hubiera seguido viendo a esos peces que me inspiraban temor, y no me hubiera dado vuelta para ver la ciudad en ruinas a mis espaldas, jamás hubiera distinguido no sólo a esos seres que nadaban de una orilla a otra, sino que no me hubiera dado cuenta que el río era aún más profundo de lo que pensaba.
De un lado, cerca de mí, las nuevas criaturas salían del río a adentrarse dentro de la ciudad. Por la otra orilla salían desde las profundidades, mojados, para adentrarse en el bosque de altos árboles y la pequeña sierra tupida de vegetación. Como innumerable era el número de peces, también eran innumerables el número de ellos. Eran ciervos y pumas que hacían un camino sin fin. No dejándose llevar por la corriente eterna y constante del río, no siguiendo esa ruta pétrea de los peces como si de un destino trágico se tratase. Sino yendo desde una ciudad muerta hacia la espesura del bosque y viceversa. El río sólo era un momento de su camino, no el rumbo innegable que debían seguir.
Entonces no me sentí pez, sino me sentí que era como ellos, que ellos eran yo. Que yo era un ciervo y un puma. Dos criaturas que existen una para devorarse a la otra, dos seres que viven, uno para pastar lo que la naturaleza hace florecer, otro para devorar la carne que crece con los años. Sentí que yo era un ciervo y un puma, pero debía darme una tregua para atravesar aquel río, dejar un momento de acecharme a mí mismo para devorar lo que la razón había construido. Así, debía dejar la ciudad que estas mismas manos habían destruido, pues lo que creí comprender como una realidad compleja sólo había sido un retazo de ella. Para eso estaba la otra orilla, esperándome en la pulcritud de su salvajismo. Porque quizás, algún día, yo debería hacer la ruta contraria desde aquella orilla a ésta.

LAS LETRAS QUE HACEN MI NOMBRE (poema)




Dentro de estas paredes
He escrito las letras que forman mi nombre

Con solo dos ladrillos que formaron una pregunta
Emprendí la penosa obra de construir la longitud de mi camino

Fabricando una a una las plumas de piedra
Que usé para tallar el lecho donde descansan mis sueños

Siendo el maestro
que habló con voz de sombra
Y el mejor alumno que supo aprender de sus silencios

Crecido tejiendo con manos cual dos arañas
La intrincada infinidad de hilos que a mi confuso pensamiento concibieron

Dibujando el bello rostro que al siguiente día
Ha de atravesarme el corazón empuñando una daga de hielo

Aquí he aprendido a respirar el aire azul y negro
Que por las noches vida a mis amadas flores de tinta dieron

Así me he dedicado a buscar entre las estrellas
Las razones que a mi muerte una tarde de octubre hicieron


Una vez planté la semilla de un frondoso árbol
Siendo sus ramas las que volviéndose contra mí orgullosas crecieron

Adentrándose a robar el intestino alimento
Prestas a despojarme de las entrañas del alma frutos grises dieron

Dentro de este espacio de polvo y luces de humo
He escrito las mil letras que componen mi nombre

LA CIUDAD DE LAS NUBES (poema)


Amanecían las nubes ante la luz, mientras el aroma fresco del viento disipaba la niebla de la faz de la tierra.
Varios colores se distinguían en lo alto, verdes y marrones de diversas tonalidades perduraban ante las manchas rojas, grises y azules.

Este lugar, o mundo, hacía que las sensaciones se experimentaban de otra forma.
Nada aquí era perceptible de la manera que lo era en los campos y ciudades del otro lado.
Una extraña precisión geométrica seducía el más avezado escudriñamiento. Números que se hacían propios parecían esconderse tras la esencia de las cosas.
Era cual si el agua suspendiese el ambiente, y los movimientos aparentasen la forma de pétalos descriptivos danzando el sonido del cielo en el aire.
Todo se sentía en el mismo instante y no percibidos por la vista y el sonido. Llegaba a mí la rugosidad de la superficie de los árboles, saboreaba la pureza de los manantiales sin beberlos, observaba debajo de las piedras sin levantarlas...

Y habitaba en un inmortal estado de quietud donde la sensación de libertad y ligereza de cuerpo empujaba la curiosidad de seguir viajando por una extensión que por ser tan perfecta no precisaba del infinito.



Así empiezo diciendo que nuestro tiempo concedido sea el suficiente para meditar sobre las acciones y hechos sucedidos. Pues las distancias no son necesarias cuando deseamos que nuestros ojos se pierdan en un horizonte.

De pequeño mis maestros me enseñaron que la escritura da inmortalidad a las palabras, y las palabras que hoy dicen son el hombre mismo que las pronuncio alguna vez.
Además las letras son las únicas que podrán estar al real servicio de quien las crea, y servirán a sus hijos y a los hijos de sus hijos por vivencias, errores y lecciones iluminan el ejemplo de los que están y los que vendrán.
No soy de los que creen que el destino nos demarca la huella inmutable de los que jamás podrán apartarse de una suerte echada por algún caprichoso juego entre desaprensivos dioses.
Sino soy de los que sostienen que son nuestras manos de carne las responsables de nuestras consecuencias últimas, y será nuestro propio andar quien determine la impronta final de nuestros pasos.

Llega el momento en que empezamos a escribir de alguna forma u otra sobre nosotros mismos. Y sea sólo en el pensamiento, la palabra o las letras donde finalmente tratamos de definir que fuimos en la existencia que forjamos.
Cierto es cuando descubrimos que nuestro ir y venir en la vida esta en próximo término, así llegaran las horas de profundas reflexiones y acalorados arrepentimientos.
Y llegado el instante en que despertamos en meditar recuerdos, es donde tomamos conciencia final del lugar que habitamos.
Deseamos un sueño imposible que corone nuestra muerte, esta es la esperanza inherente a todos aquellos que guardamos sentimientos en nuestro interior.
Como así bajamos la vista ante la culpa y la tristeza, alzamos la mirada ante el orgullo y la felicidad.

Para ello creemos en los abismos y en la perdición de naturalezas diversas, las esperanzas descansan en el cielo de un sueño que jamás cesa de esperarnos.
Habitamos en nuestras propias ciudades, no las que construyeron las generaciones que nos antecedieron, sino en las urbes que alzamos ladrillo a ladrillo en las montañas de hechos y momentos que construimos con los años.
Somos el pueblo de nuestra tierra, reyes de nuestro reino y prisioneros de nuestros muros.
La historia define cada detalle de nuestras ciudades, es la acumulación de innumerables experiencias que se sucedieron una y otra vez en los años tangibles de la existencia.
Pero así como en la diversidad hay confusión, en la riqueza hay perdición.
Añoramos una realidad tal que nunca será igual a quienes la aguardamos. Pues la suma de los deseos es indicar cada una de las gotas de la lluvia suspe
ndidas un mismo momento en la tormenta.
No hay guía que nos ubique en las calles y caminos que se alzaron en la suma de nuestras experiencias. No hay maestro que nos indique el punto de inicio donde levantarnos y la llegada donde al fin rescostarnos.
Así pues estamos condenados a deambular dentro de las ideas y los espacios sin razón que se suceden entre ellas.
Y lo peor será a quienes no hayan construido a partir de sencillas bases. Pues su campo será fértil, y florecerán las semillas de tal manera que jamás conocerá toda la vida que brota en su tierra.

Así termino mi relato ante el resplandor de un nue
vo día. Aspiro las brisas que me traen lentamente la claridad del alba.
No seré la guía de infortunados ni en mi palabra escrita habrá enseñanzas ciertas para los extraviados.
Más hoy seré libre mientras habito la tierra que al cerrar mis ojos descubrí, la ciudad de los símbolos que a cada momento se extiende sobre mí.

PÁJARO DE LOS SUEÑOS (poema)



Ven a mí pájaro de los sueños y álzame en vuelo tranquilo
Deseo cruzar mas allá de las negras montañas de la realidad
Donde no se escuchen mas ruidos que los vientos del infinito

Acércate a mi lado esta noche y dime ave de la soledad
Quién fue el primero de los dos que fue a buscar lo profundo
Engañándonos que nos adentrábamos en caminos de libertad

Creo percibir a lo lejos sutiles asonancias melancólicas
Avanzar bajo la luna en medio de sombríos espacios
Palabras tristes navegan envueltas en plumas taciturnas

Posado en esa hoja de luz dime las estrofas sin sentido
Protégeme de esas esperanzas llevándome contigo
Apiádate de estos cansados ojos y abrígame en tu cálido nido

EL DESCENSO (poema)



Si los días me fueran contados
No por números en un papel
Ni fuesen los soles y lunas que transcurren sobre mí
Marcara la suma absoluta de los instantes
Sumara los espacios que imagino
Recordara la desalentada miel que me alimenta

Si saliera desde dentro de mi piel

Y ofreciera mis ojos a la grata efigie de la luz
Caminara sobre las piedras que dibujan la vorágine del mundo
Vivera junto a esos que a sí mismo se llaman
De mis cabellos las pústulas crecientes compartiera
Abriera mis manos hacia el descenso del destino

Si abriera la oscura puerta que me cobija
Desnudara el aroma que la soledad conserva
Mezclara las ideas que en silencio me atormentan
Liberara aquellos sueños que los años cimentaron
Dejara salir la palabra
Y el aire

Si renunciara a la íntima devoción
La incertidumbre de la oscuridad misma

Desacreditara a los que ahora me buscan
No aguardara del amor su amargura
Apartara de mis labios el líquido sabor

Relegara de mí el temor


La niebla que respiro de mis sombras se iría
Llegaría desde los lejos abatido por sus voces
Así no existiera la sinuosa infinidad que me ha postrado
Cuando el último suspiro iracundo a mí llame
No hallaría el cálido refugio
Del dolor

OMA (poema)


Sé que estas ahí

Esto es lo primero que en mí puedo pensar
Ya que mi vida se manifiesta de esta manera
En un sentido más que una idea.

He sido emanado
Pronunciado
De tu boca

Así de inmediato tengo la conciencia
No de que existo
Sino que tú te encuentras a mi lado.

Es tu aliento divino qu
e fluye en lo eterno
Es tu soplo de vida que
penetra en mi interior y
A cada sonido que dices
Me llenas del calor necesario para así formarme

Siento entonces lo que soy
Percibo mi cuerpo
Cuando advierto el camino que adopta la brisa de tus labios
Allí comprendo la extensión de mi ser en el espacio

Despacio

Entiendo lo que son las formas
Las delicadas curvas y direcciones que éstas adoptan
Sé lo que seré de en ahora en más

Hasta que tú lo decidas.

Pero

Antes que tú te vayas y asciendas a los abismos
Antes que te retires a tus hogares infinitos

Sepulcros de tiempos encerrados en recuerdos
Hubiese querido yo dec
irte muchas cosas.

Antes que mis pies yerguen este cuerpo sobre la tierra desnuda
Antes que mis manos sean encomendadas a la palabra
Y mis ojos confiados a las aguas del silencio

Hubiese deseado que comprendas

Te agradez
co
Aunque te vas
Y no tendré la oportunidad de decírtelo con mi propia lengua
No podré usar la visión de mis manos recorriendo tu piel

Recuerdo que estabas a mi lado
Juntos sobre una piedra
Cuando las tinieblas de hielo de disipaban
Y yo nacía


Mi primer recuerdo fueron
tus dulces labios
Susurrar un sonido de lágrimas y afonías
Me decías algo
Cuando apenas yo empezaba a existir

No sé si fue el conjuro de mi creación
O el secreto que esconde tu lejano interio
r
No lo sé
Pues cuando al fin fui yo mismo
Y por primera vez giré mi cabeza para llamarte...
Desplegaste violentamente tus brumosas alas
Y fue ta
rde
Pues ya te
habías ido.

APOLOGÍA DE LA SERPIENTE ALADA o LA FISTULARIA (poema)




Alguna vez evocábanse inmortales recuerdos
Estrellábanse reflejos emanados de enfrentados espejos
De la mar veíase su fosa abisal llorar

Erguíase orgullosa la soledad cual pétrea ausencia
Aquejaba este sitio de carne su única presencia
Reptando en silencios milenios de pérfida espera

Un fino hilo serpenteaba entre dos mundos
Delgadas líneas rumbo a innumerables vacíos
Sagradas cuerdas que a estrellas enteras mantienen sujetas

Cuando llegóse a mí fluctuando en estáticos espacios
Increpando al destino de ánimos acuosos
La fistularia ondulante de las arenas de los tiempos

Nada aquí había violado el cruel mandamiento
Dejarme como el único poseedor del don del movimiento
Profanaba ella la palabra de aquel infausto dios del viento

Atendí a ver la puerta luminosa que junto a mí se abría
Que era el lugar hacia donde presta se dirigía
Estallaba de luz y a todo mi ser de incontinente fulgor hería


Extendí mi mano a aquel pórtico deseando al nuevo sol tocar
Y de todas las maneras bajo el fuego hízome quebrar
De forma que no hallo bien como expresar

Diré que eran como campos vastos extendiéndose en perpetuos siglos
A sempiternos ámbitos carentes de tierra sus cielos
Flotantes nubes grises derramadas de la fisura líquida de los sueños

Y hubiérame quedado la eternidad a ese resplandor contemplando
Si la serpiente a mi lado no viniere pasando
Rozándome e ignorándome a la abertura se fue cruzando

Pues cuando el último rastro de mis pies las huellas borren
Resquicios de ojos hablantes algunos hombres evoquen
Consumido el aire memorias ajenas finalmente expolien

Y dejaron durmiente las finales voces de mi simiente
De aciagos maderos la bruna asonancia de lejanos llantos
No hallaran los huesos ni sabrán esos ecos por estos pasos dejados
Medité mucho sobre lo acaecido. He pasado unos días repasando cada una de mis acciones antes de que se sucedieran los hechos ya conocidos. No es mi propósito que este escrito sea solo una disculpa, pero igual no entiendas que no estoy dispuesto a ofrecértelas si tu quieres. De todas maneras te aseguro que cualquier sentimiento que tengas a mi persona se verá lavado. Pero mi mayor objeto es que conozcas los hechos como sucedieron a través de mi más ferviente sinceridad. No te ocultaré nada, sino que sabrás desde mi punto de vista lo que sucedió.
Antes de decirte nada, te aclaro que tengo las cartas guardadas y te aseguro que no las he utilizado desde esa vez ni tampoco las volveré a usar como verás.

Lo conocí una noche en la plazoleta cerca de donde vivía. No me lo presentaron, sino que el tipo se me acercó cuando los dos estábamos solos en asientos de madera separados. Por esos tiempos yo no estaba atravesando la mejor situación, y vivía recluido en ese feo departamento que alquilaba. Cuando no tenía clientes me iba de vez en cuando a sentar en algún lugar verde para no tener que quedarme mirando a las paredes de mi habitación. Como los dos andábamos necesitados de amistades hicimos como si congeniáramos y de en adelante nos hicimos amigos.
Me contó de sus viejos divorciados, de vos y tu otro hermano, de las personas que no lo querían, entre otras cosas. No me sorprendía, después de todo en lo que me dedicaba estaba acostumbrado a enterarme de cosas así.
Quiero que no te quedes pensando que no te quise decir todo de lo que él me relató. Nada me guardé que no recordara cuando hablamos. Él era como un espíritu frágil que vagaba por la calles en busca de un consuelo inalcanzable. De lo que tengo certeza es que nunca conocí a una persona que tuviera tantas ansias de ser feliz. Podía enternecerse con cualquier cosa y distraerse en cosas aburridas con tal de pasar el tiempo. Ésa primera vez que hablamos me contó de que lo habían vuelto a echar de su casa y se estaba yendo a otra, donde seguramente iba a pasar unas semanas antes de que lo volvieran a echar para volver a ir de donde vino. Cuando me detallaba esto se reía, le parecía divertido vivir de esa manera.
Me parecía gracioso el gorrito que usaba, de forma abovedada y de muchos colores. Me contó que vos se lo regalaste, pero no sé si en verdad no fue que te lo robó. Te cuento de que me olvidé de dártelo, ya que yo lo tengo. Resulta que fue con esto que él me pagó cuando se vino a hacer la consulta con las cartas, la última noche que lo vi. Como nunca tenía dinero dio eso. Yo lo estuve usando siempre, ya que, a pesar de que me resultaba un adorno ridículo, me parecía bonito.

Admiraba la forma que tenía de mezclar las emociones. En su inmadurez había conseguido conjugar perfectamente dos extremos. Llevaba las paroxismos desde un punto apacible hasta aguzarlos por límites apenas soportables. Lo podía ver elevado en locuras de felicidad, y al rato sumido en el mas profundo dolor. Todos pensaban que esto era por su corta edad sumada a la locura, pero yo nunca lo creí así. Era solo una forma de experimentar la existencia, una manera muy valiente por cierto. Porque pocos están capacitados para jugar con los extremos continuamente. Pero lo más sorprendente eran sus pausas, estados indefinidos que entregaba a veces a una rara meditación. No era que fuera un gran pensador, pero creí advertir que tenía una virtud rara y que admiraba mucho: era el estarse por mucho tiempo en la nada.
He pensado en él como un explorador. No de ideas, sino de sentimientos. Experimentaba con él mismo sus intensidades. No sé de que manera esto le pudo haber sido útil, tal vez era solo su forma de ser.

Cuando deducí esto de su personalidad es cuando decidí hacerlo. Aquí entonces empieza el camino de mi culpa, lo que no te supe decir la otra vez. ¿Por qué lo hice? Lo cierto es que no lo sé bien. Pero lo que sí te puedo decir es que yo no sólo le llevaba a él años de ventaja con respecto a la edad.
La real diferencia entre los dos era que yo había dejado de esperar. No deseaba de ninguna manera un mañana radiante, sino que me había entregado a los caminos inciertos de la desazón. El haber alcanzado este estado me hacia de cierta manera menos vulnerable. Podía experimentar cualquier cosa y no dejar que me afecte, ni siquiera la vida de los demás, tanto lo que les pasara por el destino como lo que yo les pudiese hacer. Ahora comprendo en lo que me había transformado, y eso te lo tengo que agradecer a vos.

No te ofendas si te digo que el mayor dolor que siento ahora no es tanto que él ya no esté, sino para mí es el saber que no podré guardar ninguna esperanza contigo, pues sé que te he perdido. Fuiste muy clara cuando te despediste de mí en el puente, recuerdo bien tus palabras y lo que me señalaste en ese lugar.
Quizás no sea la ocasión para confesártelo, pero no tendré otra oportunidad para hacerlo. Pero lo mismo ya lo debes saber, después de todo los hombres cuando intentamos ocultar lo que sentimos terminamos siendo evidentes.
Recuerdo esa tarde en que te quedaste mirando a todos lados, sorprendida, querías saber quien había sido el que te enviaba el regalo. Esa flor que te dieron en la plaza, cuando un niño al que le había pagado para hacerlo te la llevó, esa flor era mía.

Pero sigo no escribiéndote lo que hice, o mejor, lo que le dije a él en esas noches en mi departamento, particularmente la última. Tus amigos trataron de arrancarme de muchos modos esta respuesta, pero yo me negué de todas las maneras posibles. Lo que pasa no es que no lleve culpa conmigo, pero no soporté que ellos se asumieran como inocentes de todo lo que pasó. Más a ti si te lo diré:

He aprendido a llevar conmigo todo un edificio de pensamientos negros, asumí que lo que guardo en mi interior soy yo mismo y dejé de luchar para sacármelos de encima. Después de todo es lo que soy. Pero mi experiencia es solo particular, y sé que otra persona, más si es sensible, no soportaría llevar mi carga.
Lo que no me explico es como no me di cuenta que él estaba de a poco absorbiendo de veras las cosas que le decía. Yo nunca quise ser una especie de maestro para él, pero jugaba malignamente a que si lo era. Estoy tan acostumbrado a que nadie me preste atención que creí que él también lo haría. Pasaron, vaya casualidad, veintidós días en que fue a verme todas las noches. Cada vez yo le ofrecí un camino distinto, pero que siempre tenía como destino el mismo lugar, que es precisamente a donde fue luego.

Debo admitir que lo admiro, pues él hizo lo que precisamente yo no me animaba a hacer. Recogió pacientemente mis justificaciones y las llevó a la práctica esa mañana. Me contaron que lo encontraron al lado del tronco que está bajo mi ventana, mojado por las gotas frías de la llovizna. Hay versiones contradictorias de los vecinos, sobre que había alguien que estaba con él antes o en el momento de que lo hizo. Te juro ante todos los cielos de que no estaba allí, si había alguien ahí yo no era. Sé que las descripciones concuerdan conmigo, la misma policía no me cree, pero esa mañana yo me encontraba escondido a muchos kilómetros de distancia.
Me había ido a mi pueblo natal. La verdad es que trataba de desconectarme de todo el entorno que se había creado en ésas semanas. Así que permanecí aislado de todos ustedes con el consuelo ingenuo de no saber nada de lo que iba a suceder. Hace poco Matías me dijo que dieron conmigo gracias a otra persona que había ido a buscarme. Éste anónimo sujeto fue guiado por los rumores que se despertaron cuando se hizo público que yo estaba en el medio del asunto, y mandando una carta con un nombre falso les indicó en donde me ocultaba. Te agradezco el que no le hallas dicho que fuiste tú.

Creo que todo terminó cuando no supe interpretar la combinación de un arcano. Todo se me hacía más simple cuando no estaba, inclusive llegaba a sacarla del manojo para no tener que encontrármela. Pero no pude seguir haciendo eso, ya que, después de todo, desde hace siglos ella acompaña al resto. En sí ésta no representa nada en particular, sino que define un estado de incomprensión del individuo. Una de las pocas maneras de interpretarla era un viajante que se anda desorientado por la vida, caminando hacia un lugar que casi no sabe. Nunca estuve de acuerdo con quienes la interpretan como un camino hacia un estadio superior, como la evolución. Tampoco le agrego el valor de la indiferencia, pues el individuo que esta grabado en la carta siempre lo contemplé como alguien sensible y afecto a observar el mundo que le rodeaba. Estas solas conclusiones que saqué me son suficientes para concluir que nadie mas que yo puede dar una interpretación mejor a ese arcano. Hasta aquí podría decirse que algo sé sobre ésta carta, pero el problema es que se me presentaba acompañada por otras. Entonces me sentía perdido, ya que al solo ponerla junto a las otras les vaciaba de significado, dejándome sin nada que decir. Como nunca pude responder las consultas cuando se me presentaba esta situación, lo único que hacía era rogar de que no apareciera. Para eso sabía hacer tres tiradas con cuatro cartas, si en la primera aparecía de inmediato recogía todo y tiraba de vuelta. Sólo una vez se me había aparecido dos veces seguidas, pero a la tercera vez no aparecía más.
Pero cuando se las tiré a él la primera vez se me apareció tres veces. Ahí estaba la maldita carta acompañando a, entre otras, la número trece. Le dije que la tirada era confusa así que volví a mezclarlas. A le segunda vez volvió a aparecer, siempre al lado de la trece ¿Cómo podía decirle algo? No podía ni empezar a deducir los que me decían los arcanos si tenía que empezar a leer la número veintidós y la trece. Intenté por tercera vez y volvieron a salir. Entonces tuve la infeliz idea de inventar una interpretación y mostrarle uno de mis más oscuros razonamientos. Lo miré fijamente a los ojos y le pregunté que es lo que veía. Él se quedó por un momento confundido y no supo que decirme. Yo me aproveché de la situación y le pedí de que no aparte su vista. Se puso nervioso e hice que ese instante se prolongara. Por primera vez advertí que se desarmaba interiormente, parecía que no tenía la capacidad de salir de ese momento. Noches continuas de escucharme sumado a este momento habían surtido efecto, él terminaba de quebrarse. Sin decirme nada me rogaba que lo dejara ir, más yo no lo dejé hasta que tuve la completa seguridad de desmantelarlo. Cuando las primeras lágrimas empezaron a correr por sus mejillas me di por satisfecho. Me acuerdo de sus pasos tambaleantes cuando lo acompañé hasta la puerta para que se vaya en medio de la madrugada.

Una de las maneras en que expié parte de mi error fue que no me quisieron mostrar, ni siquiera decir, lo que contenía la esquela que escribió Pablo antes de hacerlo. ¿Qué decía? Me he preguntado incontables veces si él no se refería a mí en ella, si al menos me nombraba o si la misma estaba dirigida a mi persona. Tu, a pesar de mis súplicas, no me quisiste decir nada. Igual que los otros, guardaron de manera implacable un pacto de silencio.

Estoy escribiendo esto delante de la silla que ocupaste hace tres días, y te cuento que ya he arreglado todos mis asuntos personales para hacer lo que me recomendaste.
Arrojaré las cartas en donde me dijiste que lo haga. Pero haré justicia dejando aparte la número veintidós para poder acompañarla.

QUIZÁS (poema)

Hoy creo que puedo encontrarte
Cerrando los ojos hallarte
Quizás
Detrás de un sueño


Y al oído puedas hablarme
En suspiros silenciosos
Tal vez
Imaginando tus labios

Así podamos sonreír
Y vivir un recuerdo
Juntos
Si pienso en ti

LÁGRIMAS DE SAL (poema)


Te amo en los ocasos rojizos
Te amo en la pintura
Te amo en la música de la noche
Te amo en las heridas y en la sangre que de ellas mana
Amo tu amor injusto en la piel de las nubes
Te amo en el fino arte de tus cabellos
Te amo en la palabra de mis letras
Y sé
Que te amaría en las profundidades de la tierra
Te amo en el recuerdo y en el olvido que soy
Te amo en las lágrimas de sal que a esta mesa descansan
Beso tu implacable espada
Te amo en las primeras luces de la mañana
Cuando despiertan en mi boca la miel de lo que fueron tus labios
Te amo en este sitio
Los dos infiernos para el cual vivimos
Te amo
Y cada vez que extiendo mis dedos para sentirte
De mi lado ya te has ido
La humedad se alza desde la piedra fría del piso, en un sutil aroma penetrante se dirige a mis narices cual si fuera un fantasma corpóreo venido de las profundidades. Dejo, sólo por un breve momento, de tomar mi cansada pluma y cierro despacio los ojos. Pareciera que este aire grisáceo penetrara en mi interior llenándome de una extraña quietud, hasta diría reconfortante. Entonces lanzo mi mente a una perecedera meditación, en este tiempo en que recupero mi extenuado aliento.
Siento mi cuerpo como si cupiese en una de las ranuras de la pared. Entrara, flácido de dolor, en cualquier espacio de este recinto perdiéndome en formas ajenas. Creo poder desaparecer en una palabra, en un sonido o en una letra. Estaría escrito como frase sencilla en cualquier superficie que me
permitiera poner mi nombre, aunque sea una vez. Soy una idea de mí mismo, un laberinto de pretextos y reflexiones que se abalanzan en pugna por ocupar un mismo lugar. Ya no es carne lo que cubre mis huesos, no es sangre lo que corre en mis venas.

No me va ha dejar salir todavía. Escucho los sonidos de sus pesados pasos venir desde el otro lado de la pared. Música monótona que se repite desesperantemente una y otra vez, sonidos secos invaden la extensión completa de este lugar. Aunque no le vea sé que esta presente, ronda en la perpetu
idad de las horas para asegurarse que permanezco aquí. Pero, a pesar de todo, esta noche siento ser libre.
Si al menos tuviera un reloj, podría tener una noción del tiempo. De lo que estoy seguro es que es de noche. Desde el alto ventanuco de enfrente ya no veo las luces violetas del atardecer, se han ido, esos violetas que una vez creí tener.
Cada vez me tiene más tiempo aquí. Hoy me despertó cuando no creo que haya dormido tres horas. Me está haciendo desfallecer, cada vez atenúa el jornal de manera increíble.

Soledad es un estado entre dos mundos, habita entre los sueños más anhelados y las ansias más hirientes. Nada puedo conocer que el haber vivido acogido entre sus manos azules, cobijado debajo de su cálida frialdad. Aquí he respirado mi existencia, aquí he dormido los días y las noches hasta donde la memoria alcance a saber.
Al último de mis compañeros el viejo se lo llevó hace unos años atrás. Seguramente al salón del edificio del frente. No sé porqué esta tan empeñado en dejarme solo. Tanto es el rencor que me guarda. Parece que los años no corren para él, mantiene encendida la pira del odio como si hubiera
sido el primer día que la prendió.

Pero espero paciente a que llegue, pues esta será la última vez que me humilla. He llegado al final de un trabajo secreto, el cual me ha llevado cuarenta años terminar. Hoy es la ocasión, desde detrás de mis hombros los veo aparecer, uno a uno se están manifestando. Si tuviese unos días más, hubiera podido expandir su cantidad hasta los confines del mundo.

Hoy, por primera vez, creo poder dejar de ser sólo yo.


Cuando llegué al monasterio era un niño. Recuerdo a una mujer, era hermosa. Nunca me quisieron decir si era mi madre, mas yo siempre lo he creído así. Yo la miraba cuando nos paramos ante al portón de madera y ella conversaba con el viejo. ¿Qué le habrá dicho? Quizás desde ese día él me odie. El movimiento de sus labios profería dolor, ella tomaba mi mano y yo seguí mirándola. Mi vida empezó desde ese instante, lo único que recuerdo
de fuera de este lugar es cuando esa mujer me trajo. En mis oraciones siempre pido porque su aflicción, esa que manifestaba ése día, haya muerto. Cuando terminó de dialogar se volvió a mí, se agachó un poco y vi el color gris de sus hermosos ojos. Siempre la confundo con las más bellas imágenes de santas y ángeles. Cuando tengo oportunidad de poder contemplar algunas de esas efigies, pierdo el tiempo tratando de adivinar en las formas de las esculturas los rasgos de su rostro, intento descifrar los diseños de su pura belleza. Lo hago en secreto ya que, cuando le divulgué esto en confesión al abad, por seis días me tuvo de rodillas ante la imagen de la cruz. Lo único que ella hizo fue darme un beso en la frente y me susurró al oído algo que no comprendí. La vi irse, por el camino que sale hacia el pueblo. No podía creerle que se fuera, esperé que se diera vuelta y me lleve consigo nuevamente. Recuerdo que luché con el viejo para que no cierre las puertas detrás de mí, mas cuando éstas se cerraron nunca más volví a salir.
¿Dónde estás? Es un interrogante que no dejo de repetirme, justo ahora que se aproxima mi, nuestro, fin. He aprendido que la pregunta más dolorosa del mundo, esa que hiere con espada fría, sea el preguntarse qué estará haciendo en ese instante el objeto de la año
ranza. Una esclavitud espantosa es llenar constantemente los pensamientos con estas dos palabras, letras que forman una incógnita que se graba en relieves de mármol en la razón languideciente. Una y otra vez, golpeando a cada latido del corazón. Jamás sabré a dónde fue esa mujer de aquel día.

Sin elección me transformaron en copista, de en adelante mi vida sólo fue escribir las letras que el viejo me enseñó a hacer, copiarlas de libros a pergaminos que seguramente serán transformados en otros libros. Nada conozco sobre los contenidos que encierran las innumerables obras que pasaron por mis manos, pues a ninguno de nosotros se nos enseñó a leer. Es por eso que para mí el significado de las letras es un misterio. Su número es determinado y sé que transmiten sonidos. Algunas son más grandes, otras chicas. Derramo sobre los pergaminos trazos y trazos de tinta todos los días. Detrás de mí el viejo ha puesto unos tonelillos llenos del oscuro líquido. Quizás esta sea otra de las maneras que tiene de atormentarme, quiere que vea que la tintura nunca se acabará.

Hace muchos años, cuando éramos varios en el lugar, recuerdo a un jovencito que trajeron como copista. Había tomado sus votos hacia poco, y todavía no estaba habituado a la vida monástica. Me dijeron que afuera la vida es más veloz, que las situaciones cambian día a día y no es posible seguir una rutina. Sea entonces, quizás, que de los que habitan las ciudades no se salvaran el día del juicio, como nos dice el abad. Pues carecen de la capacidad de reducir sus conductas a la disciplina de la obediencia y la servidumbre. Por eso es que cuando viene gente nueva, como lo fue aquella vez ése joven, los vemos acongojados y como deseando fervientemente hacer algo distinto a nuestros deberes y contemplan asustados el escaso alimento que nos sirven. Sé que a ellos, los que moran en las afueras de éstas murallas, sufren al tratar de combatir la naturaleza débil de la carne. Éste doncel sólo estuvo dos meses entre nosotros.
Era evidente que al viejo este joven le caía mal, así que al poco estar le entregó un libro, el mismo que ahora tengo delante de mí. Poco alcancé a ver de aquella vez, ya que el anciano apartó al
novicio al fondo, agregándole a su trabajo varias horas más. El muchacho se quejaba ante algunos de nosotros de que las letras y símbolos de la obra que le habían entregado eran imposibles de copiar. Pasó algunos días describiendo trazos inciertos con manos temblorosas. De en adelante observamos que su rostro había alcanzado la simiente de un cadáver, como si su trabajo habíale devorado la atención por completo. Más adelante no habló y sólo atinaba a balbucear algunas cosas incomprensibles cuando alguno le intentaba preguntar algo. Todo terminó cierta noche, cuando escuchamos violentos gritos provenir desde la sala de los copistas. Al parecer el viejo había descubierto que el joven estaba leyendo.
Lo que más tengo presente de él eran sus ojos temblorosos la primera vez cuando entró en el salón, como si tuviera pánico de ingresar a esta penumbra en que la escasa luminosidad proviene de tímidas velas. Ésa misma última noche escuchamos sus gritos cuando le quebraban las piernas. Al amanecer vi esa misma mirada del primer día, cuando lo llevaron al patio para arder en la hoguera.

Así, todo empezó para mí cuando el maldito trájome ese libro.
Todavía hoy estoy confundido, y lamento que nunca sabré la verdadera razón por la cual se me
dieron estos escritos. Sé que mi existencia no se ha de prolongar mucho, y que el próximo alba será el último que veré con estos ojos mortales. Nada de esto fue una casualidad, cuando casi medio siglo atrás mis manos, aún jóvenes y esbeltas, tocaron las hojas misteriosas que robaron mi razón y mi ser por más de la mitad de mi vida. Él supo desde siempre la tarea prohibida a la que me encomendaba, y así pudo encaminarme a mi propia perdición. Más no lamento lo sucedido. Ya que, aunque él no lo haya previsto, me ha dado la ansiada llave de mi libertad.
Nunca hubo la intención de que el copiar dicha obra tenga utilidad alguna. Sólo fue la maldad la que me trajo este libro. Estaba escrito en letras que para mí eran desconocidas, no revestían ningún parecido con las que estaba habituado. Era una obra voluminosa y con pocas ilustraciones, de las más viejas que había visto y en malas condiciones por la humedad y el polvo. Quién sup
iera cuál fue su origen.

Algunas veces pienso que él no tiene edad. Los años parecen no correr en su semblante. Lo veo com
o el primer día que me recibió de la mano de aquella mujer, los mismos ojos penetrantes y sin vida, la misma facción en su boca que no termina de delinear una macabra sonrisa. Yo he envejecido en el interior de éstas paredes pero el viejo camina por los alrededores como si la existencia le fuera estática. Arrastra en su cintura una nutrida variedad de grandes llaves, que exhibe como una especie de símbolo de su poder. Él es el dueño de la entrada y salida de las habitaciones, del comedor y hasta de este horrendo salón. Siempre que salga yo, él esta detrás de mí cerrando la puerta que abandono, como el primer día en que llegué y trabó esa cerradura que jamás vi abrirse.

La tapa del libro estaba forrada por una vieja tela de color marrón y en muy mal estado, algunos jirones de ella se desprendían dejando ver la madera que había debajo. En un detenido examen di en cuenta de que el color original del revestimiento había sido púrpura, y que el paso inexorable de, seguramente, siglos, habíale dado su actual aspecto. Por título parecía que alguna vez tuvo letras bordadas en oro, pero era imposible descifrar qué pudo estar grabado allí, ya que sólo unos poco hilos dorados daban testimonio del otrora diseño. Sin embargo, abajo de lo que fue el título, pude descubrir algo. Esta vez, bordado de hilos negros, lo que hacía muy difícil su discernimiento en el fondo de gastado color marrón, apenas se distinguía un dibujo alargado que llegaba hasta la base misma de la tapa. Acaricié muchas veces con la punta de mis dedos aquel grabado, como si estuviese enamorado de las sabias manos que lo hicieron. Y lo más próximo que pude deducir es que fuese la figura de ¿Una flor? ¿Un dragón?
Al abrir el libro pude apreciar por primera vez la calidad de las hojas que lo componía. Todas las fuerzas dañinas de la naturaleza no habían podido corromper la apacible superficie de su diseño. Todavía estaban visibles, de manera clara, las letras elaboradas allí dentro. Eran pergaminos de gran
calidad, pero a la vez muy delgados. Además despedían un aroma suave que traíame algunos vagos recuerdos que no podía deducir claramente. Era como si hubiera estado familiarizado con su olor y despertaban en mí nostalgias hirientes. Todo lo que diré sobre ésto es que dejé hace mucho tiempo de pensar sobre el origen de los pergaminos, ya que una espantosa idea nacida de mis reflexiones hízome dejar de lado los pensamientos. Temeroso que las sospechas de la criatura que dio su piel para confeccionar las hojas haya sido la que supuse.
Lo primero que diré es que la obra presentaba una contradicción. Pues eran dos los lenguajes, o tal vez sólo diferentes alfabetos, los que estaban cobijados en su interior. Primero pasaré a describir el que estaba disperso en la mayor parte del libro. Eran letras que fácilmente hubieran podido pasar por idénticas a las que trabajábamos en el monasterio. Pero al verlas detenidamente pude saber que no eran las mismas. Un sutil contraste daba cuenta de la diferencia. Hubiera podido ser un lenguaje distinto o no, pero lo cierto es que la persona que las escribió utilizó otros símbolos para transmitir su mensaje.
Pero lo que más llamó mi atención era la forma en que estaban distribuidas las letras. Se apilaban en un orden de siete líneas, luego de cinco y por último de nueve, y seguía este formato por toda la extensión de las más de seiscientas hojas. Siempre con un uso ordenado del espacio que las hacía caber armoniosamente. Comparaba los símbolos y me di cuenta que no eran idénticos, o sea, de que no eran las mismas letras que se repetían en cada párrafo de siete, cinco o nueve. Pero siempre, en todas las terminaciones de las líneas, había tres letras que eran idénticas. Así, en cada uno de los párrafos, había un idéntico final. Las palabras que contenían éstas tres letras eran siempre diferentes, lo cual era de simple deducción al contemplar que las
primeras letras de la última palabra de las filas eran diferentes, pero siempre terminaban con las tres idénticas letras. Este hecho se repetía en el primer párrafo de siete, luego continuaba de la misma manera en el siguiente de cinco para repetirse en el último de nueve. Conocía vagamente la noción de lo que era el verso de la poesía, y es por eso que sabía un poco lo que era la rima con las palabras. Entonces supuse que cada orden de los tres párrafos de siete, cinco y nueve eran como estrofas de algún canto o poema. Por la pequeñez de la confección de las letras en cada hoja, escrita en el adverso y el reverso, cabían perfectamente tres de ésas estrofas. Repitiéndose este orden desde el principio al final sin variar de ninguna manera. La exquisita perfección en la confección de las letras era sumamente admirable, no habiendo el más mínimo defecto tanto en el tamaño y la forma de cada uno de los símbolos fonéticos como en el espacio en el que estaban dispuestos.
Por las descripciones que hizo aquel joven, el que tuvo para sí este libro por primera vez, concordé que eran éstas las letras que lo habían desvelado. Ahora, parecía que era mi turno el perderme en la complejidad de la obra. Hubiera sido humanamente imposible transcribir con tal fina perfección sus extraños diseños, y esto quizás es lo que martirizó al otro copista. Pera la diferencia constaba en que a mí no me molestaba en lo más mínimo alcan
zar la superación en mi labor, ya que habíame desentendido de las enseñanzas y valores de éste lugar. Trabajaba todos los días sólo por cuanto no conocía otra manera de vivir, y soportaba serenamente los latigazos y demás flagelaciones del viejo cuando él juzgaba de poco mi trabajo.
Mi último compañero, hace mucho tiempo atrás, díjome que este alfabeto había sido inventado por un antiguo monje, y que un pueblo que habitaba en las proximidades del monte Ararat las seguía empleando hoy en día como manera de comunicar su lengua.
Quizás otro hubiera sido mi destino si mi trabajo personal hubiera sido el descifrar lo que éstas primeras letras decían; hubiera podido leerlas tal como, quizás ése joven lo hizo. Parecía ser un trabajo más fácil y agradable. Pero mi naturaleza jamás fue la misma que la de otros. No fueron los melódicos versos los que captaron mi interés, no lo fue. Sino que mi atención se desvió a algo que aquel joven nunca mencionó: Los dos grabados y la tabla que se hallaban perdidos en el interior del libro.
A pesar de que hubiera sido mucho más simple entender las estrofas que sumaban veintiuna líneas, nada me sorprendió más que las tres única
s hojas impresionadas sólo en su lado reverso y que contenían el misterioso segundo alfabeto.
Desde que me fueron entregados éstos aciagos escritos, el viejo de a poco fue retirando a mis compañeros. Los vi cruzar la puerta cada noche hasta que una vez tuve por sola compañía el sonido de mi respiración junto al de los pasos inciertos provenientes de detrás de la pared. Nunca más tuve un lugar aquí, y mi aislamiento fue tal que siquiera el viejo atravesó las puertas para fijarse en el progreso de mi trabajo.
Pero querría describir los tres grabados que hallé. ¿Habrán sido partes del resto de los escritos? Si sólo me hubiera empeñado en descifrar las estrofas podría ahora responder esta pregunta. Primero diré sobre las hojas donde hallábanse dibujados los grabados. Eran unos pergaminos aún más admirables que el resto, de una finura extrema y del peso de un cuarto de una diminuta pluma. Tomada una hoja por separado parecía ésta flotar sobre la palma de la mano, y se contoneaba delicadamente a la más breve brisa nacida de mis pulmones. No tenía un color dominante, sino que era de un blanco gastado, cual tela de araña, y, lo más admirable, de una enigmática transparencia borrosa. Ver a través de una de éstas hojas era como vislumbrar un objeto en el fondo de un jarrón de agua limpia. Además, valga mencionar,
su superficie no era pura, aunque si de una lisura primorosa. Resulta que las hojas presentaban numerosas líneas apenas distinguibles, pues se remarcaban sutilmente en un blanco diáfano y se distribuían de tal forma, que dibujaban el aspecto de una tupida rama de árbol carente de follaje. En todo este lapso la mejor comparación, aunque mediocre por cierto, que he podido hacer sea la de un ala de murciélago blanco visto a trasluz del sol.
Ahora sí detallaré lo más admirable de todo, esa visión que he contemplado incansablemente y que nunca ha dejado de embelesarme y sorprenderme: Los tres grabados. Los dos primeros eran dibujos, si es que tal procedimiento de trabajo hubiera sido lo que grabó esas obras en los delgados pergaminos. Digo ésto porque las figuras allí visibles eran de una fidelidad tal que parecían estar vivas. En efecto, los dos dibujos representaban una mano humana. No sé como decirlo, pero la representación de esta extremidad era de tal manera que parecía ser más real y creíble que si hubiera visto las manos mías con mis propios ojos. Era vida lo que estaba plasmado allí, cada detalle adquiría una dimensión tal que la visión general de las figuras ya daba la percepción de los más mínimos detalles. No había necesidad de detenerse y aproximar la vista para apreciar con detenimiento los minúsculos trazos de la piel, la mirada rápida ya anonadaba y colmaba la mente de tal manera que confundía.
El primer grabado era de una perfecta mano vista desde su parte superior. Maravillábame al ver los rasgos dinámicos de los tendones, junto a los caminos de las venas apenas discernibles entre los detalles de los pliegues rugosos de la piel. No hubo necesidad de pon
er color a este diseño, pues el sólo sabio uso del negro era suficiente para traer a la realidad lo que la fantasía plasmaba en lo inerte. La segunda hoja mostraba la misma mano, pero vista desde su parte inferior, en que la leve curva de los dedos hacían que éstos parecieran querer salir de la hoja y tomar el rostro de quien los viese. Pero la ilustración de esa parte del cuerpo humano no era lo único que colmaba el pergamino. Amontonábanse una cantidad inaudita de minúsculas letras y en esto he de detenerme un poco, ya que el desciframiento de éstos símbolos fue la mayor empresa que emprendí. Según la lógica de su caligrafía éstas letras habíanse escrito no de izquierda a derecha, sino al revés. Además no dejaban un espacio entre sí, sino que estaban unidas en su parte superior y se separaban sólo cuando terminaban de formar una palabra. Éste era un alfabeto del cual nunca había escuchado siquiera resquicios de su forma de escribir. Así, en cada espacio en que la figura de la mano no ocupaba la hoja, éstas letrillas hacían uso de todo sitio en que pudieran estar. También unas líneas salían de algunos párrafos indicando a qué parte de la mano referíanse cada una de las oraciones. La sensación que me dio, fue que las figuras trazadas flotaban en un aire habitado por estas grafías, y, que al más leve movimiento de la mano estampada allí, las letras sólo se correrían un poco para acomodarse dentro del pergamino.
Imposible entender el significado de éstos escritos, pues era evidente que las letras indicaban la forma de entender los dibujos, pero al no saber leer ese lenguaje era qu
imérico saber nada más. Y jamás hubiera podido hacer mayores progresos a no ser por la tercera hoja, ésta era la tabla.
Llámola así pues ésta era la que me permitiría encontrar el sonido a cada letra. Era un texto efectuado para ayudar a comprender la escritura, aunque no el lenguaje. Allí estaban, dispuestas en un círculo en forma de espiral las treinta y seis letras del alfabeto. Digo que era un círculo en forma de espiral por lo siguiente: El principio era una línea que salía del centro de la hoja y se extendía hacia arriba hasta llegar a una letra, pero, en su el camino, la línea estaba escrita con la explicación concerniente a cada símbolo. Inmediatamente seguía otra línea que terminaba en otra letra, pero ésta línea era ligeramente más larga que la anterior. Esta diferencia en la extensión era casi imposible de notar a primera vista, pero al acumularse una y otra línea se distinguía que las letras se iban alejando del centro. Así, al llegar a la última, ésta se ubicaba al lado de la primera pero más arriba, dejando un espacio abierto y no cerrando el círculo; dando evidencia que, si otras letras se hubieran agregado a éstas, hubieran dibujado un espiral que se expandiría indefinidamente.
Al poco tiempo de ver los dibujos es que llegué a mi decisión. Buscaría, de alguna forma, descifrar el segundo alfabeto y entender para qué eran las instrucciones sobre la mano grabada.

Ahora me duele pensar que no he llegado hasta aquí fruto de mi decisión. No es que mi trabajo no me haya hecho progresar, ya que éste ha sido magnífico y ha dado más frutos de lo que hubiera podido soñar. Lo que sucede es que sé que he sido inducido para tomar este rumbo. Sí, de cierta forma, he sido usado. Pero eso de nada servirá a los propósitos de otros, ya que nadie ha de arrancarme los secretos que he revelado, y estos conocimientos se irán conmigo junto con todos nosotros, pues sé que ellos tampoco hablarán.

Así, una vez arranqué los grabados del resto del libro y los escondí debajo de mis ropas. A la vez me dediqué, por costumbre solamente ya que el viejo nunca se interesó por mi trabajo de en adelante, a copiar con la máxima precisión las miles de estrofas de la obra en pergaminos nuevos. Pasé el resto de mis noches contemplando en privado los grabados y la tabla a la luz de una lámpara de aceite cuando no estaba en el salón. Como supuse, nadie acusó de la falta de las hojas. Todos los días retomaba el trabajo de copista, y me daba cuenta de que el libro estaba, intacto, en la misma posición en que lo había dejado la noche anterior. Pero me hallaba perdido, no sabía cómo debía empezar. Traté de asignarle todos los valores posibles a las letras, un sonido a cada uno de los treinta y seis símbolos, nada podía armar con coherencia. En
tonces entendí que el lenguaje allí representado era totalmente distinto a lo que conocía. Aunque la fuerza de la claridad de los grabados me decían mucho, no hallaba el hilo conductor que me permitiese andar el camino. Tampoco compartí esto con nadie, ya que, mientras pude ver a otros hombres aparte del viejo, guardé riguroso silencio por cuanto peligro había de que me descubriesen algunos. Y hubiérame pasado el resto de mi vida sin poder hacer mayor progreso. Muchos inviernos pasaron. Las pequeñas letras que se amontonaban no las podía entender, nada de lo que conocía me podía dar una pista de su significado. Esos años los pasé perdido, no tenía la menor idea de cómo empezar a descifrar los extraños códices, entonces llegué a pensar que jamás lo conseguiría y creí que nunca daría con su real significado. Pero los años de espera me dieron una oportunidad:
Si bien nunca he leído las sagradas escrituras, tanto porque no sé cómo hacerlo y otro porque nos está vedada, escuchaba sobre ellas todos los domingos en que aún iba a misa, ya que hace varios años el anciano me aisló por completo del resto del mundo.
Cierta vez supo venir el Obispo de Averno hasta aquí, y en su alocución fue que oí algo que me dio la única pista que necesitaba. Sólo fue una frase la que me permitió abrir mis ojos y permitirme tomar otra perspectiva a mi entendimiento. Allí el alto clérigo dio una cita de ese libro. Recuerdo a ése hombre estallar en furia sobre el púlpito haci
endo entender de una terrible herejía que había nacido en el seno mismo de la madre iglesia. Al parecer un grupo de hombres al otro lado del Rhin habíanse desentendido de las directrices del mismo santo padre y renegado de su palabra. Puedo decir que el verlo con las pupilas de color sangre y sudando copiosamente, a la vez que amenazaba con los más creativos suplicios a quienes sean sorprendidos en apostasía, sólo llegó a causarme gracia. Ya había perdido todo resquicio de fe, y nada me importaba qué creyesen otros, sólo lo que creía yo. Pero en ése ejercicio de condenarlos, palabras que no detallaré pues me parecieron inútiles, fue que el Obispo leyó textualmente una parte de las escrituras ante la conmoción de los superiores del monasterio. Si alguien más hubiera sido sorprendido haciendo lo mismo, a la tarde del otro día sus cenizas estarían esparciéndose por el viento. La cita era del libro de Juan de Patmos, el más celado de todos y cual su mismo título estaba prohibido mencionar a costa de perder la lengua. Hablaba sobre veinticuatro ancianos que estaban sentados en lo alto de los cielos, y que eran como jueces y testigos del juicio final. Remarcaba el hombre sobre la primacía de éstos seres que tienen la autoridad de verlo todo y juzgar en nombre del todopoderoso, impartiendo brutal justicia a quienes sean sorprendidos en falta. El obispo quería que, en adelante, todos tuviésemos la imagen de ésos cuarenta y ocho ojos sobre nuestras cabezas.
Si bien jamás he contemplado el mar, ha veces lo he escuchado. En los días de tormenta, el rugir del agua combatiendo con las rocas de la costa puede escucharse cuando atravieso el patio en el trayecto del dormitorio hasta el salón sur de los copistas. Siempre me he preguntado cómo será el vislumbrar una extensión de agua, tan vasta, que los ojos pierden su vista tras el horizonte. Al mencionar el mar el Obispo, recordé el ejercicio de imaginar su forma. Así fue cuando vinieron a mi mente las líneas esplendentes, ésas que se notaban en el tapiz blanco mortecino de los pergaminos. Ése había sido mi error; y si no hubiese trazado el paralelismo entre el mar cristalino como vidrio descrito en el libro de Juan, no hubiese caído jamás en la manera de observar los dibujos: La fuerza del grabado residía, sobretodo, en la conjunción de los trazos grabados en tinta con las púdicas estrías del propio pergamino. Ambos eran uno solo, rasgos que se conjugaban para dar vida al dibujo.

Una calidez reconfortante recorrió mi cuerpo aquella vez, en que estaba sentado en la iglesia del monasterio, junto a otros, escuchando los gritos del Obispo. Entonces un presentimiento hízome querer ver la palma de mi mano en ése momento. Tuve que disimular el terror en medio de la concurrencia, pues lo que vi fue el principio de las revelaciones: Distinguí un lejano rostro humano que se hundía a las profundidades de mi carne, con los ojos serenos y clavados en mí.
Ahora que lo pienso, esto último que relaté, tuvo que haber sido sabido por el viejo al momento de suceder. Pues desde ese mismo día es cuando él terminó de aislarme por completo.
Por los siguientes treinta años, unos diez habían pasado desde que recibí el libro, vendé la mano en que había visto la faz humana. No atrevíme a mirar nuevamente allí, tanto por miedo como por no sentirme preparado. Era como si necesitara leer los grabados antes de poder examinar los rasgos de mi propia piel. Así parecí un herido que ocultaba un estigma en su mano derecha.
La visión de los grabados no fue igual. De en adelante pude apreciar y empezar a comprender su propied
ad. Era un océano de ideas que se mecían serenamente, habitando en la paz que brindaba ese mundo expresado en el pergamino. Allí moviéndose entre el oleaje de los rasgos, acunándose por la atmósfera de las letras, oscilándose a través de la suavidad de las líneas negras plasmadas en tinta; Estaban veinticuatro rostros esperando por nacer, aguardando por mí. Entonces, cierta vez, la noche hallóme descifrando uno a uno los sonidos de las treinta y seis letras.
Las grafías encerraban valores, pero no abstractos como los números. Cada uno de los fonemas expresaban algo en particular. Esto era comprobable en cuanto se combinaban de tal forma que permitían conseguir entidades discernibles y tangibles. El secreto residía en explorar en sus propiedades exactas y tratar de que combinasen de tal forma que hallasen cierto equilibrio. Sin embargo esto se podía conseguir solo a pedazos, ya que las maneras de combinarlas de manera armoniosa eran tantas como la imaginación pudiera hacerlo. El problema residía en llegar a articular los nuevos hallazgos para que pudieran expresar coherencia.
Los rostros hablaban de sí mismos, y eran ellos los que reclamaban poder hablar. Esta era la guía necesaria para hallar, tanto las valores correctos a las treinta y seis sílabas, como las propias palabras que entonaban los rostros.

Una vez entendido, los textos eran incomprensibles. Una multitud de metáforas que parecían carecer de sentido. Expresaban un pensamiento y éste parecía repetirse varias veces más con distintas palabras. Mucho me confundió esto, ya que me enfrentaba a una redundancia que hubiera parecido idéntica en cada una de las frases, pero esto no era así. Lo que querían decir en realidad
era referido a los propios subyacentes, las frases encerraban mensajes idénticos por cuanto los rostros pertenecían a la misma persona. Llegué a esto haciendo una comparación con una de las enseñanzas que nos brindaban aquí en el monasterio. Era referido a eso que llaman trinidad, en que el Ser Supremo se subdivide en tres personas que son, a su vez, la misma. Padre, Hijo y Espíritu Santo se presentan con diferentes caras pero encarnan la misma personalidad. Por eso esos rostros encarnaban lo divisible al contemplarlos pero, a la vez, la indivisibilidad de la persona. Entonces vi surgir desde los adentros de los pergaminos la faz del antiguo maestro. Ellos, los veinticuatro, tomaban una forma única.
Era extraño, de una raza de facciones anómalas, tanto, que hubiera pensado que no perteneciera a la estirpe de Adán. Contemplé sus ojos agudos y su semblante impasible.
Todos estos escritos eran sólo el ejemplo del trabajo de este individuo. Los maravillosos trazos aquí derramados eran sólo el calco de las líneas de su piel, el mapa que ése hombre había usado para multiplicarse a sí mismo.

Lo que he meditado repetidamente es que quizás el propio Juan haya querido transmitir su descubrimiento, y mencionó, al pasar, su hallazgo en el libro donde detalla las revelaciones a las que tuvo acceso luego. Y pudieron ser esos veinticuatro ancianos los que se hayan alzado a los cielos para liberarse de su confinamiento.

Así cumplí con mi deber. Enrollé los dos grabados y la tabla y les prendí fuego. No había sentido ya que los viera.
Entonces pude darme a la tarea de hacer mi propio tratado. Ya no sería un copista imitando la letra que dejaron manuscritas otros, sino sería un escriba que llevaría a cabo su propia obra. Usaría e
l propio mapa de mi piel, plegándolo prolijamente, en un nuevo libro. Allí acondicionaría las nuevas grafías en el diseño de las púdicas estrías que envolvían todo mi tegumento.
Así me dispuse a hacerlo, y fue entonces que saqué la venda de mi mano y miré en mi palma. Todos ellos estaban ahí, esperándome.


Estoy a punto de terminar el tratado y la verdad es que no sé qué es lo que haremos cuando nos descubran, seguramente deberán erigir más postes en el patio y conseguir leña. Si sólo tuviera más tiempo, sé que cada uno de ellos va a empezar en cualquier momento a escribir sobre sí mismo. Pero mi consuelo es ver la cara de sorpresa del maldito viejo, cuando vea que en este salón ahora somos veinticuatro los que escribimos.